Los Dodgers subieron a Josué De Paula el 11 de septiembre, con Shohei Ohtani en la lista de lesionados y un hueco en la alineación que había que tapar.
La línea de los primeros once juegos: .323 / .500 / .581, OPS de 1.081, un jonrón, tres juegos de multihits.
El número que importa no es ninguno de esos.
11 boletos. 5 ponches.
A los veintiún años uno le tira a todo: al primer lanzamiento, al primer trabajo, a la primera que le sonríe. Este no.
Está en Grandes Ligas por primera vez, en un equipo que va a jugar en octubre, con el estadio lleno, y los lanzadores rivales están haciendo exactamente lo que se le hace a un muchacho de veintiuno: puro rompimiento fuera de la zona, a ver si pica.
No pica.
Esa es la habilidad más difícil de fingir en este deporte. Enseñar a batear, se puede. Enseñar a no tirarle, no. Un novato que recibe más boletos que ponches en su primer mes ya sabe algo que muchos veteranos nunca terminaron de aprender.
Once juegos no son nada. Ya lo sabemos. Once juegos son ruido. Pero es un ruido con una forma muy específica, y la forma dice: este muchacho ve la pelota hasta que se la traga el cátcher.
