Imagínate que te sientas a hacer el mejor currículum de tu vida.
Arriba de todo, en negrita: 33 jonrones. 31 dobles. 20 bases robadas. 102 carreras anotadas. Abajo, en letra chiquita, la línea que de verdad importa: primer jugador en la historia de los Medias Blancas de Chicago con 30 jonrones, 30 dobles, 20 robadas y 100 anotadas en la misma temporada. Más de un siglo de historia. Nadie. Hasta este fin de semana.
Lo mandas. Y la empresa cierra el martes.
Eso es lo que le está pasando a Miguel Vargas. El lunes lo nombraron Jugador de la Semana de la Liga Americana, que es el sello oficial sobre un año que ya le había cambiado los libros de récords al equipo. Los Medias Blancas tienen marca de 81-76 y están a un juego de Cleveland en la Central, así que técnicamente todavía respiran, y todos sabemos lo que significa “técnicamente” en la última semana de septiembre.
Aquí es donde hay que decir la parte incómoda, porque si no la decimos nosotros la dice el algoritmo y la dice peor.
El promedio de Vargas es .251. Ese número, solito, puesto en una pantalla, parece el de un tipo que la está pasando mal. Es el número que va a salir en la gráfica que alguien va a compartir para explicar por qué la temporada en realidad no fue tan buena.
El mismo tipo negoció 97 boletos. Porcentaje de embase: .363. Slugging: .481.
Ahí está todo el problema de mirar béisbol con un solo número. El promedio de bateo te cuenta una parte, y es la parte que menos sabe. Vargas se pasó el año obligando a los lanzadores a trabajar, y cuando no le tiraron nada bueno, se fue a primera con la base por bolas. Noventa y siete veces. Eso no sale en el resumen de tres segundos.
Lo que hay al final de esto no es un trofeo. Es una semana de calendario contra equipos que sí se están jugando algo, con un rol que en la oficina llaman “aguafiestas” y que en la práctica significa: ninguno de estos juegos te va a cambiar nada, juégalos igual.
Y los va a jugar igual. Eso es lo que nos gusta del asunto.
Hay algo profundamente honesto en un tipo que se manda la mejor temporada de su vida en un año en el que el estadio está medio vacío. Ese béisbol no tiene testigos. Es el más difícil que existe.
En el otro televisor, allá al fondo, un tipo mira una pantalla azul con once ventanas abiertas y arma un Excel para demostrar que la temporada de Vargas fue estadísticamente irrelevante para la carrera por el comodín. Tiene razón. También está solo.
